Notas

La agricultura en el siglo XXI: un nuevo paisaje para la gente, la alimentación y la naturaleza Tim Christophersen, ONU Medio Ambiente

30 de julio de 2017

Foto: FAO / 2016

El aumento de la población y el consumo están generando demandas sin precedentes sobre la agricultura y los recursos naturales. Hoy en día, alrededor de mil millones de personas sufren de desnutrición crónica mientras nuestros sistemas agrícolas están degradando simultáneamente la tierra, el agua, la biodiversidad y el clima a escala mundial. Todos estamos de acuerdo, independientemente de nuestros antecedentes, de que alimentar a todos y mantener los ecosistemas de la Tierra son objetivos fundamentales. ¿Pero cómo se puede hacer esto?

Sabemos que la agricultura desempeña un papel clave y directo en la consecución del Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS 2) para poner fin al hambre, lograr la seguridad alimentaria y mejorar la nutrición, y promover una agricultura sostenible. Sin embargo, para satisfacer las necesidades futuras de seguridad alimentaria del mundo, debemos asegurarnos de que la agricultura sea también un elemento central de las estrategias para abordar otros ODS sobre la pobreza, el agua, la biodiversidad, las ciudades sostenibles, la energía sostenible y el cambio climático.

De hecho, se necesita un nuevo paradigma de crecimiento ecológico de la agricultura inclusiva, y esto se puede lograr a través de cuatro acciones: considerar la agricultura como un contribuyente clave a múltiples ODS, no sólo al ODS 2 sobre el hambre cero, construir coaliciones intersectoriales, transformar nuestros sistemas financieros y avanzar en la investigación y la educación. A través de estos cuatro pasos, no sólo podemos alimentar a los 9.000 millones de personas, sino también hacerlo de maneras que sustenten nuestros ecosistemas, empoderen a las comunidades locales y construyan ciudades más resistentes.

 

Roles para la agricultura en el siglo XXI

 El primer papel de la agricultura es mantener los ecosistemas, cambiando así la agricultura de una fuente de degradación a un impulsor de la restauración y la salud de los ecosistemas. Esto es crítico por varias razones. Hoy en día, cerca del 40% de toda la superficie de tierra habitable en el mundo está dominada por la agricultura de cultivos. La expansión agrícola es, por mucho, la principal causa de deforestación tropical. Si se incluyen los pastizales utilizados para la ganadería y el pastoreo, la agricultura domina el 80-90% de la superficie habitable. Muchas más especies silvestres dependen de paisajes agrícolas y forestales que las presentes en áreas protegidas. Si estos paisajes no son manejados para apoyar la diversidad de plantas y animales, muchas especies no sobrevivirán. Además, la mayor parte de las cuencas hidrográficas más importantes del mundo tienen en gran parte uso agrícola. Si no se las gestiona para producir suficiente agua limpia, entonces no estará disponible para la gente, la industria, la agricultura o la naturaleza.

Durante las últimas cuatro décadas hemos sido testigos del desarrollo de numerosas prácticas agroecológicas que logran una “intensificación sin simplificación”, que trabajan con sistemas naturales. No sólo estos nuevos sistemas pueden conservar los procesos de los ecosistemas mientras mejoran la productividad a largo plazo, sino que pueden ayudar a convertir los paisajes agrícolas de un emisor a un captador neto de gases de efecto invernadero.

Sostener los ecosistemas exige más que la acción en la parcela y la escala de la granja. Necesitamos ampliar nuestro marco para observar paisajes enteros, y cómo los recursos del suelo, agua y vegetación utilizados por los diferentes actores de la tierra pueden ser manejados de una manera más coordinada. Debido a las presiones sobre nuestros recursos, los esfuerzos para organizar tales iniciativas integradas de manejo del paisaje están proliferando en todo el mundo.

Los avances científicos están mejorando rápidamente el potencial de los nuevos sistemas agrícolas y la gestión agroecológica en las escalas del paisaje. Estamos en el nacimiento de una nueva era de innovación científica para los sistemas agrícolas: estudios más sofisticados del bioma de las raíces de los cultivos y hierbas están mostrando nuevas formas de manejar el rizobio y catalizar un crecimiento rápido de las plantas, y suprimir las plagas y enfermedades. Nuevos métodos para el seguimiento del movimiento de moléculas específicas a través de la cuenca permiten el manejo selectivo de los desechos agrícolas. La mejor comprensión de la fisiología vegetal y de las interacciones entre los vegetales y los ecosistemas está acelerando la domesticación y la mejora del rendimiento de nuevos arbustos y especies de árboles que podrían incorporarse a los sistemas agrícolas. Existen otras numerosas innovaciones emergentes que hacen que los sistemas agrícolas sean más favorables a la biodiversidad, al agua y al clima. Esto adquiere mayor importancia también a la luz de los nuevos descubrimientos científicos sobre la función de enfriamiento de los bosques y otros ecosistemas.

En segundo lugar, la agricultura desempeñará un papel central en el desarrollo local. Durante más de 50 años, las principales direcciones para el desarrollo agrícola se han establecido en las capitales nacionales y en las salas de juntas de las principales empresas agroalimentarias y agroindustriales. Durante este siglo, debemos ver un movimiento hacia el diseño de la agricultura como una base para el desarrollo dirigido la nivel local, bajo un contexto específico y con la dirección de los actores locales. Esto es crítico, porque hay una demanda creciente para dar forma al desarrollo agrícola de una manera más democrática, ajustándose a las prioridades locales en el uso de la tierra, el uso de los insumos agrícolas, los cultivos prioritarios y el manejo de los ecosistemas. Los estados y los municipios, junto con las organizaciones comunitarias y las organizaciones campesinas, están haciendo mayores reivindicaciones para configurar sus propios procesos de desarrollo. Los agricultores muestran resistencia al control externo en cadenas de valor, ya que quieren asegurar su propia seguridad alimentaria antes de exportar productos, para proteger sus propios recursos.

En tercer lugar, la agricultura desempeña un papel fundamental como socio en las ciudades-regiones sostenibles. Un fuerte liderazgo local no sólo está emergiendo en las regiones rurales – las ciudades se están convirtiendo en catalizadores clave para el cambio en la agricultura. Esto es crítico teniendo en cuenta que se prevé que dos tercios de la población mundial vivirá en las ciudades en 2050, aunque siguen existiendo grandes poblaciones rurales, especialmente en África. Los líderes de la ciudad se están dando cuenta de que no pueden confiar plenamente en los actores comerciales para alimentar a sus habitantes. Por ejemplo, en Addis Abeba y en el distrito Sur de Delhi, más de tres cuartas partes de los hogares padecen inseguridad alimentaria. Los mercados lejanos se suspenden regularmente y existe un creciente interés por acceder a fuentes locales para al menos una parte estratégica del suministro de alimentos. Por lo tanto, en vez de considerar a las regiones agrícolas como proveedores anónimos de alimentos, existe una creciente comprensión de su dependencia mutua con las regiones rurales.

Además, las ciudades están reconociendo su responsabilidad de apoyar la conservación de la biodiversidad y abordar el cambio climático, así como buscar fuentes resilientes de agua y alimentos y mantener otros servicios esenciales del ecosistema. Todas estas son áreas que dependen de la asociación con áreas periurbanas y rurales. Existen numerosos ejemplos de asociaciones innovadoras urbano-rurales en todo el mundo, también reconocidas en el nuevo Pacto de Política Alimentaria Urbana de Milán.

El reto de los sistemas alimentarios sostenibles es para el siglo XXI lo que el lanzamiento a la Luna y las computadoras fueron para el XX. Estamos entrando en una nueva era de la ciencia que ayudará a convertir la agricultura de ser un emisor a un captador neto de emisiones, de ser de los principales usuarios de energía a proveedor de energía, de ser la amenaza principal a la biodiversidad al mayor hábitat para la biodiversidad. Necesitamos nuevo conocimiento y sistemas educativos que vinculen eficazmente a los especialistas para entender e impactar los sistemas biológicos complejos. Los paisajes funcionales requieren sistemas socioeconómicos comprometidos con las partes interesadas.

Esta transformación ya ha comenzado e invitamos a todos los países, ciudadanos y al sector privado a ser parte de la construcción de la agricultura que necesitamos para afrontar los retos de este siglo.

 

Este artículo se basa en un curso sobre el uso sostenible de la tierra impartido por Tim Christophersen en la Academia sobre la Economía Verde (PAGE) en Turín, Italia, en octubre de 2016.

 

Traducción: Laura M. Osorio A. y José Antonio Rodríguez Jamaica