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El Equipo Olímpico de Refugiados muestra el poder del deporte: ACNUR

27 de julio de 2021

Foto: ACNUR

Cuando era niño, uno de ellos huyó del conflicto cruzando el desierto a pie; hoy corre maratones. Otra atleta refugiada es una nadadora que saltó al agua y ayudó a poner a salvo una embarcación llena de personas cuando el motor se averió, mientras huía del conflicto. En la ceremonia de apertura presenta, los atletas refugiados desfilaron bajo la bandera olímpica.

Tokio, 27 de julio de 2021 (ACNUR) — Las 29 personas que integran el Equipo Olímpico de Atletas Refugiados han pasado por dificultades tanto al huir de sus países de origen en medio del conflicto o la persecución como al tratar de adaptarse a nuevas culturas. Tras haberlas superado, el pasado viernes 23  de julio hicieron una llamativa entrada durante la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, que tuvieron que posponerse un año debido a la pandemia.

Tras saludar a las cámaras mientras desfilaban por el estadio en trajes azul marino, el equipo fue recibido por el Presidente del Comité Olímpico Internacional (COI), Thomas Bach, durante su discurso de apertura.

“Queridos atletas refugiados, con su talento y espíritu humano demuestran el enriquecimiento que suponen las personas refugiadas para la sociedad”, resaltó.

“Han tenido que huir de sus hogares por violencia, hambre o simplemente por ser diferentes. Hoy, les damos la bienvenida con los brazos abiertos y les ofrecemos un hogar tranquilo. Les damos la bienvenida a nuestra comunidad olímpica”.

Hace cinco años, en Río de Janeiro, diez atletas de cuatro naciones integraron el primer Equipo Olímpico de Atletas Refugiados.

El COI creó el equipo en colaboración con ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, para generar conciencia en torno a la difícil situación de las personas refugiadas y para enviar un mensaje de esperanza tanto a las poblaciones refugiadas como al mundo.

“Que el mundo nos reconozca como seres humanos es algo que nos da esperanza”, comentó James Nyang Chiengjiek, quien formó parte del equipo en Río y competirá en la prueba de 800 metros.

“El deporte nos ha abierto las puertas y ahora vemos que muchas personas refugiadas tienen talento”.

James Chiengjiek Nyang. Foto: Benjamin Loyseau / ACNUR

De niño, Chiengjiek huyó de su hogar en Sudán del Sur para evitar su reclutamiento como soldado. Se fue sin sus padres hasta el extenso campamento de refugiados de Kakuma, al norte de Kenia, donde se descubrió por primera vez su talento para correr.

Normalmente, la multitud recibe a los atletas con gritos, pero, debido a las medidas de prevención por la COVID-19, que impiden la asistencia de espectadores, este año el estadio estaba extrañamente silencioso. De hecho, en gran medida, la ceremonia se convirtió en un evento televisivo visto por millones de personas en todo el mundo.

Saludando a las cámaras, quienes integran el equipo entraron al estadio en segundo lugar, detrás de representantes de Grecia, que tradicionalmente encabezan el desfile de naciones. Los integrantes del Equipo Olímpico de Refugiados provienen de 11 países, entre ellos Siria, Sudán del Sur, Irán y Afganistán.

A la cabeza del equipo iban dos abanderados: la nadadora Yusra Mardini, originaria de Siria, y el maratonista Tachlowini Gabriyesos, que huyó de Eritrea. Llevaban en alto la bandera blanca con los cinco anillos olímpicos que representan los cinco continentes. El equipo competirá bajo esta bandera. Por primera vez en unas Olimpiadas, una atleta y un atleta lideraron cada equipo.

El Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados, Filippo Grandi, que se encuentra en Tokio esta semana para apoyar al equipo, describió la entrada del Equipo Olímpico de Atletas Refugiados en el Estadio Olímpico de Tokio como un momento de inmenso orgullo para él y para todo ACNUR.

“Ver a estos atletas refugiados recibiendo aplausos y honores en el escenario olímpico fue un momento significativo para la representación de los más de 82 millones de personas desplazadas en el mundo. Además, fue un recordatorio de que, si se les da la oportunidad de perseguir sus sueños y pasiones, las personas refugiadas pueden hacer grandes contribuciones a la sociedad”.

ACNUR ha trabajado estrechamente con el COI desde 1994 para facilitar que la juventud afectada por el desplazamiento tenga acceso al deporte. Durante ese periodo, el desplazamiento forzado en el mundo ha aumentado de forma constante y, hoy en día, afecta a más de 82 millones de personas a nivel mundial.

En el periodo previo a Tokio, el COI apoyó a 56 personas prometedoras con Becas para Atletas Refugiados con el propósito de apoyar sus esfuerzos de clasificación. El equipo final, integrado por 29 deportistas, cumplía una serie de criterios, entre los que se encontraban contar con la condición de refugiado (confirmada por ACNUR) y tener un alto nivel de rendimiento en el deporte que practican (confirmado por el COI).

Por país de origen, la mayoría (nueve atletas) provienen de Siria, un país asolado por el conflicto desde 2011; cinco vivían en Irán; cuatro, en Sudán del Sur; y tres, en Afganistán. Otros países de origen son Eritrea, Irak, República del Congo, República Democrática del Congo, Camerún, Sudán y Venezuela.

“Rendirme no es lo mío”.

Gabriyesos, de 23 años, huyó del conflicto en Eritrea a la edad de 12 años. Para ello, realizó una extraordinaria caminata al norte, a través de Sudán y Egipto, incluso cruzando parte de un desierto a pie, para llegar a Israel, donde solicitó la condición de refugiado. Ahora vive y entrena en Tel Aviv, donde corre con un club local.

Antes de intentar el maratón, Gabriyesos corría distancias más cortas (3.000 m, 5.000 m, 10.000 m y medio maratón). En marzo, corrió su segundo maratón oficial y terminó en un tiempo rápido de 2:10:55, que está por debajo del tiempo de clasificación para el maratón olímpico. “Rendirme no es lo mío”, comentó en una entrevista antes de los Juegos.

Estos serán también los segundos Juegos Olímpicos para la nadadora Mardini, de 23 años, que competirá en los 100 metros de mariposa. Originaria de Damasco, Mardini era una nadadora de competición que representaba a Siria en encuentros internacionales, pero, al agravarse el conflicto en su país, ella y su hermana se marcharon en 2015 para intentar llegar a Europa.

“El deporte salvó mi vida”.

Desde Turquía, Mardini se subió a una pequeña embarcación para realizar un viaje de 10 kilómetros hasta una isla griega. El viaje debía durar 45 minutos. Cuando se rompió el motor de la lancha neumática en la que viajaban 20 personas aunque estaba pensada para seis o siete, Mardini y su hermana estuvieron entre las personas que se metieron al agua y nadaron para aligerar la carga y llevar la embarcación a salvo hasta la orilla.

La embajadora de buena voluntad Yusra Mardini. Foto: Jordi Matas / ACNUR

Finalmente, Mardini llegó a pie y en autobús a Berlín, Alemania, donde vive ahora. Al igual que otros atletas, asegura que el deporte le dio sentido y dirección a su vida durante su adaptación. “Cuento mi historia porque quiero que las personas entiendan que el deporte salvó mi vida”, señaló.

Ahora, como Embajadora de Buena Voluntad de ACNUR, uno de sus principales mensajes es que las personas refugiadas son personas normales que se han visto obligadas a huir de sus hogares por circunstancias ajenas a su voluntad.

“Creo que es una gran oportunidad para representar a millones [de personas refugiadas] en todo el mundo, para mostrar que esas personas son normales y tienen sueños”, resaltó Mardini. “También me gustaría recordar que las personas refugiadas siguen en los campamentos y que realmente necesitan nuestra ayuda”.

 

Por: Malcolm Foster