Comunicado oficial

No hay vacuna para el planeta, la naturaleza necesita un rescate: António Guterres

2 de diciembre de 2020

Foto: Naciones Unidas

Presidente Bollinger,

Estimadas amigas y amigos:

Quiero expresar mi agradecimiento a la Universidad de Columbia por acoger esta reunión, y quiero también dar la bienvenida a los asistentes en línea en todo el mundo.

Este encuentro se celebra en un formato poco usual cuando arranca el último mes de este año tan poco usual.

Nos enfrentamos a una pandemia devastadora, a niveles nunca antes vistos de calentamiento global, a nuevas cotas de degradación ecológica y a nuevos reveses en nuestra labor en pos de los objetivos mundiales de un desarrollo más equitativo, inclusivo y sostenible.

Para no andarnos con rodeos: el planeta está roto.

Estimadas amigas y amigos:

La humanidad está librando una guerra contra la naturaleza.

Esa es una actitud suicida.

La naturaleza siempre se toma su revancha, y ya ha empezado a hacerlo, con una violencia y una saña cada vez mayores.

La diversidad biológica se está desmoronando. Hay un millón de especies en peligro de extinción.

Los ecosistemas desaparecen a ojos vistas.

La desertificación avanza.

Se están perdiendo los humedales.

Con cada año que pasa perdemos diez millones de hectáreas de bosques.

Hay una sobreexplotación de los océanos, que se ahogan en residuos plásticos. El dióxido de carbono que absorben está acidificando los mares.

El blanqueamiento de los corales avanza, los arrecifes están muriendo.

La contaminación del aire y del agua mata a nueve millones de personas al año, más de seis veces el número actual de víctimas de la pandemia.

Y a medida que el ser humano y el ganado invaden más y más los hábitats animales y alteran los espacios silvestres, es probable que veamos más virus y otros patógenos saltar de los animales a los humanos.

No olvidemos que el 75 % de las enfermedades nuevas y emergentes infecciosas para los humanos son zoonóticas.

Hoy, dos nuevos y fidedignos informes de la Organización Meteorológica Mundial y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente explican lo cerca que estamos de una catástrofe climática.

2020 tiene visos de ser uno de los tres años más cálidos que se hayan registrado nunca a nivel mundial, incluso con el efecto de enfriamiento de La Niña de este año.

El último decenio fue el más cálido de la historia de la humanidad.

La temperatura de los océanos ha alcanzado máximos históricos.

Este año, más del 80 % de los océanos mundiales experimentaron una ola de calor marina.

2020 ha sido un año excepcionalmente cálido en el Ártico, con temperaturas más de 3 ºC por encima de la media, y en el norte de Siberia, las temperaturas aumentaron en más de 5 ºC.

Los niveles de hielo marino del Ártico en octubre fueron los más bajos de los que se tiene constancia, y la formación de hielo está siendo ahora la más lenta de la historia.

El hielo de Groenlandia ha continuado su declive a largo plazo, con pérdidas medias de 278 gigatoneladas al año.

El permafrost se está derritiendo, y al desaparecer libera metano, un potente gas de efecto invernadero.

Los incendios e inundaciones apocalípticas, los ciclones y los huracanes constituyen cada vez más la nueva normalidad.

En el Atlántico Norte, la temporada de huracanes ha traído consigo 30 tormentas, cifra que duplica con creces el promedio a largo plazo y supone un récord para una temporada completa.

América Central todavía intenta reponerse de dos huracanes consecutivos, parte del período más intenso de tormentas de ese tipo en los últimos años.

El año pasado, los desastres de ese calibre le costaron al mundo 150.000 millones de dólares.

Los confinamientos en respuesta a la pandemia de COVID-19 han reducido temporalmente las emisiones y la contaminación.

Los niveles de dióxido de carbono, sin embargo, no solo se mantienen en niveles máximos sino que van en aumento.

En 2019, los niveles de dióxido de carbono alcanzaron el 148 % de los niveles preindustriales.

En 2020, la tendencia al alza ha continuado a pesar de la pandemia.

Las cifras del metano son incluso más altas y se han disparado hasta el 260 %.

El óxido nitroso, un poderoso gas de efecto invernadero que también daña la capa de ozono, ha aumentado en un 123 %.

Mientras tanto, las políticas climáticas siguen sin estar a la altura de este desafío.

Las emisiones son en la actualidad un 62 % más altas que cuando comenzaron las negociaciones internacionales sobre el clima en 1990.

Cada décima de grado de calentamiento importa.

A día de hoy sumamos ya 1,2 ºC de calentamiento y presenciamos cambios climáticos extremos sin precedentes y volatilidad en todos los continentes y regiones.

En este siglo estamos abocados a un tremendo aumento de la temperatura de entre 3 ºC y 5 ºC.

La ciencia no deja lugar a dudas: para limitar el aumento de la temperatura a 1,5 ºC por encima de los niveles preindustriales, el mundo necesita reducir la producción de combustibles fósiles en aproximadamente un 6 % cada año de aquí a 2030.

En lugar de ello, el mundo avanza en dirección opuesta, con un aumento anual previsto del 2 %.

Las consecuencias de la agresión a nuestro planeta están obstaculizando nuestros esfuerzos por eliminar la pobreza y ponen en peligro la seguridad alimentaria.

Y también está dificultando aún más nuestro trabajo en favor de la paz, ya que las perturbaciones provocan inestabilidad, desplazamientos y conflictos.

No es casualidad que el 70 % de los países más vulnerables al clima se encuentren también entre los más frágiles política y económicamente.

No es casual que, de los 15 países más expuestos a los riesgos climáticos, 8 alberguen una misión de mantenimiento de la paz o una misión política especial de las Naciones Unidas.

Como siempre, las repercusiones son más graves para las personas más vulnerables del planeta.

Los que menos han hecho para causar el problema son los que más lo sufren.

Incluso en el mundo desarrollado, los marginados son las primeras víctimas de los desastres y los últimos en recuperarse de ellos.

Estimadas amigas y amigos:

Seamos claros: las actividades humanas son el origen del caos en el que estamos sumidos.

Eso significa, sin embargo, que la acción humana puede ayudar a resolverlo.

Hacer las paces con la naturaleza es la tarea que definirá el siglo XXI. Esa debe ser la máxima prioridad para todos nosotros, dondequiera que estemos.

En este contexto, la recuperación de la pandemia abre una oportunidad.

La esperanza asoma ya en el horizonte en forma de vacuna.

Pero no hay vacuna para el planeta.

La naturaleza necesita un rescate.

Al tiempo que superamos la pandemia, también podemos evitar el cataclismo climático y restaurar nuestro planeta.

Esta es una prueba de tintes épicos para nuestra capacidad normativa. En última instancia, sin embargo, se trata de una prueba moral.

Los billones de dólares necesarios para recuperarnos de la COVID-19 son un dinero que estamos tomando prestado de las generaciones futuras. Todo, hasta el último centavo.

No podemos utilizar esos recursos para afianzar políticas que las sepulten bajo una montaña de deuda en un planeta roto.

Es hora de pulsar el “interruptor verde”. Tenemos la oportunidad no solo de reiniciar la economía mundial, sino de transformarla.

Una economía sostenible impulsada por las energías renovables creará nuevos puestos de trabajo, infraestructuras más limpias y un futuro resiliente.

Un mundo inclusivo contribuirá a garantizar que las personas puedan disfrutar de una mejor salud y del pleno respeto de sus derechos humanos y vivir con dignidad en un planeta sano.

La recuperación de la pandemia de COVID-19 y la reparación de nuestro planeta pueden ser dos caras de la misma moneda.

Estimadas amigas y amigos:

Permítanme que empiece hablando de la emergencia climática. Al abordar la crisis climática debemos afrontar tres imperativos:

En primer lugar, tenemos que lograr la neutralidad en carbono mundial en las próximas tres décadas.

En segundo lugar, tenemos que armonizar las finanzas mundiales con el Acuerdo de París, el plan mundial de medidas relacionadas con el clima.

En tercer lugar, es preciso que demos un gran paso adelante en la adaptación, a fin de proteger al mundo, y especialmente a las personas y los países más vulnerables, frente a los efectos climáticos.

Me gustaría abordar estos puntos uno por uno.

En primer lugar, la neutralidad en carbono y las emisiones netas de valor cero.

En estas últimas semanas hemos presenciado importantes acontecimientos positivos.

La Unión Europea se ha comprometido a convertirse en el primer continente que no incide en el clima para 2050, y espero que decida reducir sus emisiones al menos un 55 % por debajo de los niveles de 1990 para 2030.

El Reino Unido, el Japón, la República de Corea y más de 110 países se han comprometido a lograr la neutralidad en emisiones de carbono para 2050.

El Gobierno entrante de los Estados Unidos ha anunciado el mismo objetivo.

China se ha comprometido a alcanzarlo antes de 2060.

Esto significa que, para principios del próximo año, los países que, en conjunto, representan más del 65 % de las emisiones mundiales de dióxido de carbono y más del 70 % de la economía mundial habrán contraído ambiciosos compromisos sobre su neutralidad en emisiones de carbono.

Debemos convertir este impulso en un movimiento.

El objetivo central de las Naciones Unidas para 2021 es construir una verdadera Coalición Mundial para la Neutralidad en Emisiones de Carbono.

Creo firmemente que 2021 puede ser un año distinto: el año en que dimos el gran salto hacia la neutralidad en carbono.

Cada país, cada ciudad, cada institución financiera y cada empresa deben adoptar planes para la transición a emisiones netas de valor cero para el año 2050, y aliento a los principales generadores de emisiones a que den un paso al frente y tomen medidas decisivas ahora para emprender el camino hacia el logro de esta visión, lo que significa reducir las emisiones mundiales en un 45 % para el año 2030 respecto de los niveles de 2010. Y esto debe estar claro en las contribuciones determinadas a nivel nacional.

Todos, individualmente, debemos poner de nuestra parte: como consumidores, como productores, como inversores.

La tecnología juega a nuestro favor.

El análisis económico sólido es nuestro aliado.

Más de la mitad de las centrales de carbón actualmente en funcionamiento cuestan más que la construcción de nuevas centrales de energías renovables.

El negocio del carbón se está esfumando.

La Organización Internacional del Trabajo estima que, pese a las inevitables pérdidas de puestos de trabajo, la transición a la energía limpia redundará en la creación neta de 18 millones de puestos de trabajo para 2030.

Pero es absolutamente necesario que esa transición sea justa.

Debemos reconocer los costos humanos del cambio energético.

La protección social, los ingresos básicos temporales, la reconversión profesional y la mejora de la capacitación pueden apoyar a los trabajadores y facilitar los cambios que traerá consigo la descarbonización.

Estimadas amigas y amigos:

La energía renovable es ahora mismo la opción preferente, no solo para el medio ambiente, sino también para la economía.

Sin embargo, se atisban señales preocupantes.

Algunos países han aprovechado la crisis para dar marcha atrás en la protección del medio ambiente.

Otros están expandiendo la explotación de los recursos naturales y renunciando a las ambiciones climáticas.

Los miembros del Grupo de los 20, en sus paquetes de rescate, están ahora gastando un 50 % más en sectores vinculados a la producción y el consumo de combustibles fósiles que en energías con bajas emisiones de carbono.

Y más allá de proclamas, la credibilidad de todos debe ponerse a prueba.

Sirva como ejemplo el caso del transporte marítimo.

Si el sector del transporte marítimo fuera un país, sería el sexto mayor emisor de gases de efecto invernadero del mundo.

En la Cumbre sobre la Acción Climática del año pasado, lanzamos la coalición “Getting to Zero Shipping” para impulsar la eliminación de las emisiones de los buques de alta mar para 2030.

Sin embargo, las políticas actuales no están en consonancia con esas promesas.

Necesitamos ver medidas reglamentarias y fiscales aplicables que permitan a la industria naviera cumplir sus compromisos.

De lo contrario, perderemos la oportunidad de reducir las emisiones a cero.

La situación es la misma en el caso de la aviación.

Estimadas amigas y amigos:

Los signatarios del Acuerdo de París están obligados a presentar sus contribuciones determinadas a nivel nacional revisadas y mejoradas junto con sus objetivos de reducción de emisiones para 2030.

Dentro de diez días, junto con Francia y el Reino Unido, convocaré una Cumbre sobre la Ambición Climática para conmemorar el quinto aniversario del Acuerdo de París.

Dentro de menos de un año nos reuniremos en Glasgow con ocasión de la 26ª Conferencia de las Partes.

Esos encuentros ofrecen a las naciones oportunidades que no podemos perder para detallar la forma en que piensan avanzar de forma mejor y más constructiva, reconociendo las responsabilidades comunes pero diferenciadas a la luz de las circunstancias nacionales, como se dijo en el Acuerdo de Paris, con el objetivo común de alcanzar la neutralidad en carbono mundial para 2050 

En segundo lugar, abordaré la cuestión de la financiación.

Las promesas de hacer que las emisiones netas sean de valor cero están enviando una clara señal a los inversionistas, los mercados y los ministros de finanzas.

No obstante, hemos de avanzar aún más.

Necesitamos que todos los gobiernos traduzcan esas promesas en políticas, planes y metas con plazos específicos. Ello brindará certeza y confianza a las empresas y al sector financiero para que inviertan en favor de ese objetivo.

Ya es hora:

De poner un precio al carbono.

De ir dejando de financiar la industria de los combustibles fósiles y poner fin a los subsidios que se le otorgan.

De dejar de construir nuevas centrales de energía eléctrica a base de carbón y de financiar esa energía en el país y en el extranjero.

De trasladar la carga fiscal de los ingresos al carbono, y de los contribuyentes a los contaminadores.

De integrar el objetivo de la neutralidad en carbono en todas las políticas y decisiones económicas y fiscales.

Y de hacer obligatoria la divulgación de los riesgos financieros relacionados con el clima.

Los recursos financieros deberían destinarse a la economía verde, la resistencia, la adaptación y los programas de transición justa.

Hemos de alinear todos los flujos financieros públicos y privados con el Acuerdo de París y los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

Las instituciones de desarrollo multilaterales, regionales y nacionales y los bancos privados deben comprometerse a alinear sus préstamos con el objetivo global de emisiones netas cero.

Exhorto a todos los propietarios y administradores de activos a que descarbonicen sus carteras y se sumen a las principales iniciativas y asociaciones puestas en marcha por las Naciones Unidas, como la Alianza Mundial de Inversionistas para el Desarrollo Sostenible y la Net-Zero Asset Owners Alliance hoy con $5,1 billones de dólares en bienes.

Las empresas deben adaptar sus modelos de actividad, y los inversionistas deben exigir información a las empresas sobre la resiliencia de esos modelos.

Los fondos de pensiones del mundo manejan 32 billones de dólares en activos, lo cual los sitúa en una posición única para mover la aguja, deben mover la aguja y liderar el camino.

Hago un llamamiento a los países desarrollados para que cumplan su promesa de larga data de aportar 100.000 millones de dólares anuales para ayudar a los países en desarrollo a alcanzar nuestros objetivos climáticos comunes.

Aún no lo hemos logrado.

Es una cuestión de equidad, justicia, solidaridad e interés propio ilustrado.

Y pido a todos los países que lleguen a una solución de avenencia sobre el Artículo 6 del Acuerdo de París, mientras se preparan para la 26a Conferencia de las Partes, para conseguirnos las normas claras, justas y ambientalmente racionales que los mercados de carbono necesitan para funcionar plenamente.

Por otra parte, acojo con satisfacción la labor del equipo de tareas creado en septiembre, constituido por miembros que representan a 20 sectores y 6 continentes, encaminada a elaborar un marco para los mercados privados de compensación de las emisiones de carbono a gran escala.

En tercer lugar, necesitamos un avance decisivo en materia de adaptación y resiliencia.

Estamos en una carrera contrarreloj para adaptarnos a un clima que cambia rápidamente.

La adaptación no debe ser el componente olvidado de la acción climática.

Hasta ahora, la adaptación representa solo el 20 % de la financiación para el clima, y ha alcanzado apenas una media de 30.000 millones de dólares en 2017 y 2018.

Ello dificulta nuestra labor esencial para la reducción del riesgo de desastres.

Tampoco es inteligente:

La Comisión Global de Adaptación determinó que cada dólar invertido en medidas de adaptación podía generar casi 4 dólares de beneficios.

Tenemos tanto un imperativo moral como un claro argumento económico para ayudar a los países en desarrollo a adaptarse y crear resiliencia a los impactos climáticos actuales y futuros.

Antes de la 26a Conferencia de las Partes, todos los donantes y los bancos multilaterales de desarrollo deberían comprometerse a aumentar el porcentaje de los recursos financieros que se destinan a la adaptación y la resiliencia hasta alcanzar por lo menos el 50 % de su apoyo financiero para el clima.

Los sistemas de alerta temprana, la infraestructura resiliente al clima, la mejora de la agricultura en tierras secas, la protección de los manglares y otras medidas pueden dar al mundo un doble dividendo, consistente en evitar futuras pérdidas y generar ganancias económicas y otros beneficios.

Debemos hacer que el apoyo a la adaptación sea preventivo, sistemático y a gran escala.

Ello urge especialmente para los pequeños Estados insulares en desarrollo, que se enfrentan a una amenaza existencial.

La carrera hacia la resiliencia es tan importante como la carrera hacia las emisiones netas cero.

Estimadas amigas y amigos:

Debemos recordar que no se puede separar la acción climática del panorama planetario más amplio. Todo está interrelacionado: el patrimonio mundial y el bienestar mundial.

Ello implica que debemos actuar más ampliamente, más holísticamente, en muchos frentes, para asegurar la salud de nuestro planeta, de la cual depende toda vida.

La naturaleza nos alimenta, nos viste, sacia nuestra sed, genera nuestro oxígeno, da forma a nuestra cultura y nuestra fe y forja nuestra mismísima identidad.

El 2020 iba a ser un año extraordinario para la naturaleza, pero la pandemia nos ha cambiado los planes.

Ahora debemos destinar 2021 a atender nuestra emergencia planetaria.

El próximo año, los países se reunirán en Kunming para forjar un marco mundial para la diversidad biológica después de 2020 para detener la crisis de la extinción y orientar al mundo hacia el objetivo de vivir en armonía con la naturaleza.

El mundo no ha cumplido ninguna de las metas globales de biodiversidad establecidas para 2020. Así pues, necesitamos más ambición y un mayor compromiso para cumplir metas y establecer medios de implementación mensurables, en particular mecanismos de financiación y vigilancia.

Ello implica lograr:

  • Cada vez más y mayores zonas de conservación gestionadas eficazmente, para poder detener nuestro embate contra las especies y los ecosistemas;
  • Una agricultura y una pesca positivas para la biodiversidad, que reduzcan nuestra sobreexplotación y destrucción de la naturaleza;
  • La eliminación progresiva de los subsidios negativos, aquellos que destruyen los suelos sanos, contaminan nuestros cursos de agua y nos hacen pescar en los océanos hasta vaciarlos.
  • La transición de la minería de recursos extractivos insostenible y negativa para la naturaleza hacia hábitos de consumo sostenible y más amplio.

La biodiversidad no es solo la vida silvestre carismática y encantadora; es la palpitante red de la vida misma.

También en 2021, los países celebrarán la Conferencia sobre los Océanos para proteger y promover la salud de los medios marinos del mundo.

La sobrepesca debe cesar; la contaminación química y de los desechos sólidos, en particular el plástico, debe reducirse drásticamente; las reservas marinas deben aumentar sobremanera; y las zonas costeras necesitan una mayor protección.

La economía azul ofrece un potencial notable. Los bienes y servicios del océano ya generan 2,5 billones de dólares cada año y contribuían con más de 31 millones de empleos directos a tiempo completo, al menos hasta que se produjo la pandemia.

Necesitamos una acción urgente a escala mundial para cosechar esos beneficios y proteger los mares y océanos del mundo de las muchas presiones a las que se ven sometidos.

La Conferencia Mundial sobre el Transporte Sostenible que se celebrará el año próximo en Beijingtambién debe fortalecer ese sector vital y al mismo tiempo abordar la cuestión de su huella ambiental negativa.

La Cumbre sobre los Sistemas Alimentarios debe tener como objetivo transformar la producción y el consumo mundial de alimentos. Los sistemas alimentarios son una de las principales razones por las que no estamos consiguiendo mantenernos dentro de los límites ecológicos de nuestro planeta.

A principios de 2021, iniciaremos el Decenio de las Naciones Unidas sobre la Restauración de los Ecosistemas, centrado en prevenir, detener e invertir la degradación de los bosques, la tierra y otros ecosistemas en todo el mundo. El Decenio es un movilizador llamado a quienes queramos afrontar la doble crisis de la pérdida de biodiversidad y el cambio climático con medidas prácticas.

La Conferencia Internacional sobre la Gestión de los Productos Químicos establecerá un marco sobre productos químicos y desechos para después de 2020. Según la Organización Mundial de la Salud, la gestión racional de los productos químicos podría prevenir por lo menos 1,6 millones de muertes al año.

El año 2021 también será crítico para el avance de la Nueva Agenda Urbana. Las ciudades del mundo son frentes fundamentales del desarrollo sostenible, vulnerables a los desastres pero también vectores de innovación y dinamismo. No olvidemos que más del 50 % de la humanidad ya vive en ciudades, y esa cifra alcanzará casi el 70 % en 2050.

El próximo año, en resumen, nos brinda una gran cantidad de oportunidades para detener el saqueo y comenzar la curación.

Uno de nuestros mejores aliados es la naturaleza misma.

La reducción drástica de la deforestación y la restauración sistémica de los bosques y otros ecosistemas es la mayor oportunidad de mitigación del cambio climático basada en la naturaleza.

De hecho, las soluciones basadas en la naturaleza podrían proporcionar un tercio de las reducciones netas de las emisiones de gases de efecto invernadero necesarias para cumplir los objetivos del Acuerdo de París.

El Foro Económico Mundial ha estimado que las oportunidades empresariales que ofrece la naturaleza podrían crear 191 millones de puestos de trabajo para 2030.

Solo la Gran Muralla Verde de África ha creado 335.000 empleos.

El conocimiento indígena, destilado a lo largo de milenios de contacto cercano y directo con la naturaleza, puede ayudar a señalar el camino.

Los pueblos indígenas constituyen menos del 6 % de la población mundial y, sin embargo, son los guardianes del 80 % de la biodiversidad mundial en tierra.

Ya sabemos que la naturaleza administrada por los pueblos indígenas se deteriora menos rápidamente que en otros lugares.

Dado que los pueblos indígenas viven en tierras que se encuentran entre las más vulnerables al cambio climático y a la degradación del medio ambiente, ha llegado el momento de escuchar sus voces, recompensar sus conocimientos y respetar sus derechos.

Reconozcamos también el papel central de las mujeres.

Los efectos del cambio climático y la degradación del medio ambiente recaen sobre todo en ellas. Son el 80 % de los desplazados por el cambio climático.

Pero las mujeres son también la columna vertebral de la agricultura y las principales administradoras de los recursos naturales. Se encuentran entre los principales defensores de los derechos humanos relacionados con el medio ambiente en el mundo.

Y la representación de las mujeres en los parlamentos nacionales está directamente relacionada con la firma de acuerdos de acción climática.

Mientras la humanidad concibe estrategias para la gobernanza de los recursos naturales, la preservación del medio ambiente y la construcción de una economía verde, necesitamos que haya más mujeres que tomen decisiones en las mesas de negociación.

Estimadas amigas y amigos:

He detallado una emergencia, pero también veo esperanza.

Veo una historia de avances que muestran lo que se puede hacer, desde rescatar la capa de ozono hasta reducir las tasas de extinción y expandir las áreas protegidas.

Muchas ciudades se están volviendo más verdes.

La economía circular está reduciendo los desechos.

Las leyes ambientales tienen un alcance cada vez mayor.

En la actualidad, al menos 155 Estados Miembros de las Naciones Unidas reconocen legalmente que un medio ambiente sano es un derecho humano básico.

Y la base de conocimientos es mayor que nunca.

Me complace saber gracias al presidente Bollinger que la Universidad de Columbia ha creado una Facultad del Clima, la primera facultad que se establece aquí en un cuarto de siglo. Felicitaciones. Es una maravillosa muestra de erudición y liderazgo.

Me complace también saber que tantos miembros de la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible están hoy con nosotros como invitados especiales: presidentes, rectores, decanos, profesores y otros académicos universitarios.

La Iniciativa Impacto Académico de las Naciones Unidas colabora con instituciones de enseñanza superior de todo el mundo. Las contribuciones de las universidades son esenciales para nuestro éxito.

Estimadas amigas y amigos:

Un nuevo mundo está tomando forma.

Cada vez más personas reconocen los límites de los criterios convencionales, como el Producto Interno Bruto, para los cuales actividades perjudiciales para el medio ambiente pueden considerarse positivas desde el punto de vista económico.

Las mentalidades están cambiando.

Cada vez más personas están comprendiendo la necesidad de sus propias elecciones diarias para reducir su huella de carbono y respetar los límites planetarios.

Y vemos inspiradoras olas de movilización social por parte de la juventud.

Desde las protestas en las calles hasta la defensa de intereses en línea…

Desde la educación en el aula hasta la implicación en la comunidad…

Desde los centros de votación hasta los lugares de trabajo…

Los jóvenes están presionando a sus mayores para que hagan lo correcto. Y estamos en una universidad.

Esta es una hora de la verdad tanto para las personas como para el planeta.

La COVID y el clima nos han llevado a un umbral.

No podemos volver a la vieja normalidad de la desigualdad, la injusticia y el dominio imprudente sobre la Tierra.

En cambio, debemos avanzar por un camino más seguro, sostenible y equitativo.

Tenemos un marco: la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible y el Acuerdo de París sobre el Cambio Climático.

La puerta está abierta; las soluciones nos esperan.

Es hora de transformar la relación de la humanidad con el mundo natural y con el prójimo.

Y debemos hacerlo juntos.

La solidaridad es humanidad. La solidaridad es supervivencia.

Esa es la lección que nos ha enseñado 2020.

En un mundo en desunión y desorden tratando de contener la pandemia, aprendamos la lección y cambiemos el curso para el período crucial que se avecina.

Muchas gracias.