Comunicado oficial

Secretario General de la ONU, Juramento en el Cargo

18 de junio de 2021

Foto: Eskinder Debebe/ONU

Señor Presidente de la Asamblea General, Señor Presidente da República Portuguesa, Excelencias, damas y caballeros,

Este es un momento solemne. Estoy viviendo un torbellino de emociones y pensamientos. 

Me siento profundamente honrado y agradecido por la confianza que han depositado en mí para servir como Secretario General de las Naciones Unidas durante un segundo mandato.

Servir a las Naciones Unidas es un inmenso privilegio y un deber muy noble.

También estoy muy agradecido con Portugal por haberme nominado para el cargo nuevamente. Soy un multilateralista comprometido, pero también soy un portugués orgulloso. Todo lo que he aprendido y la persona en la cual me he convertido se ha forjado trabajando con la gente de mi país. Es un gran honor para mí que hoy nos acompañe el Presidente de Portugal.

Soy muy consciente de las inmensas responsabilidades que me confían en un momento tan crítico de la historia, me atrevo a decir que en la cúspide de una nueva era.

Nos encontramos en una verdadera encrucijada, y las consecuentes opciones que nos presenta. Los paradigmas están cambiando. Las viejas ortodoxias están siendo invertidas.

Estamos escribiendo nuestra propia historia con las decisiones que tomamos ahora mismo. Esta historia puede tomar cualquier dirección: ruptura y crisis perpetua, o un escenario de innovación y un futuro más verde, más seguro y mejor para todos. Hay motivos para sentirnos esperanzados. 

La pandemia ha revelado nuestra vulnerabilidad compartida, nuestra interconexión y la absoluta necesidad de accionar de manera colectiva. En todas partes se percibe un nuevo impulso para asumir el compromiso inequívoco de unirnos para trazar el rumbo hacia un futuro mejor.

Me comprometo ante ustedes a hacer todo lo que esté a mi alcance durante este segundo mandato para contribuir a alcanzar el escenario positivo y de innovación. 

Los últimos dieciocho meses han sido únicos en la historia de las Naciones Unidas. Hemos logrado atravesar la pandemia de COVID-19, que continúa sembrando grandes sufrimientos.

Millones de familias han perdido a sus seres queridos. El mundo se enfrenta a una de sus mayores amenazas desde la creación de las Naciones Unidas. Hemos podido constatar hasta qué punto la pandemia ha revelado la fragilidad y las fracturas de nuestras sociedades.

Por poner sólo algunos ejemplos destacados: se calcula que se han perdido 114 millones de empleos, más del 55% de la población mundial carece de cualquier tipo de protección social y, por primera vez en 20 años, es probable que la pobreza aumente, luego de que entre 119 y 124 millones de personas cayeron en pobreza extrema en 2020.

Sabemos cómo se han visto afectadas las mujeres en particular y cómo sufren los países frágiles y de bajos ingresos a causa de las enormes desigualdades de nuestro sistema internacional.

El hecho de que sólo ahora estemos empezando a unirnos para hacer de las vacunas la máxima prioridad mundial, lo dice todo. Es crucial garantizar que la salida de la crisis y la recuperación socioeconómica sean mucho más equitativas.   

Luego, por supuesto, tenemos todos los demás desafíos globales, que ustedes conocen muy bien, como el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la contaminación ambiental, las crecientes desigualdades, incluidas las de género, el retroceso de los derechos humanos, la ausencia de una regulación para el ciberespacio, la creciente brecha digital, la naturaleza cambiante de los conflictos, la probabilidad de futuras pandemias y la existencia de otros riesgos globales.

Y en la implementación de los Objetivos de Desarrollo Sostenible -nuestra hoja de ruta compartida para un mundo mejor- hemos constatado un retroceso en los avances, desde la reducción de la pobreza hasta la erradicación del hambre, pasando por el acceso a una educación de calidad y la igualdad de género.

Nuestro mayor reto -que es a la vez nuestra mayor oportunidad- es utilizar esta crisis para cambiar el rumbo, para convertirnos en un mundo que aprenda sus lecciones, que promueva una recuperación justa, ecológica y sostenible, y que lidere el camino a través de una mayor y efectiva cooperación internacional para abordar los desafíos globales.

Debemos reconocer que ya hemos empezado a cambiar la forma de hacer algunas cosas desde el inicio de la pandemia.

Sin perder el tiempo, en las Naciones Unidas, hemos trasladado nuestras operaciones y nuestro trabajo a la modalidad en línea, mientras continuamos los apoyos a personas de todo el mundo. Muchos otros han hecho lo mismo. No habríamos podido hacerlo si la pandemia hubiera ocurrido hace diez años.

Así que, a pesar de todos los aspectos negativos, también es importante reconocer y aprovechar los aspectos positivos de lo que ha ocurrido. 

Franquear esta etapa exige un esfuerzo real para reforzar lo que funciona y valor para desechar lo que no sirve. Para ello es necesario que la prevención y la preparación -en el sentido amplio del término- sean una prioridad de primer orden del sistema internacional. La visión estratégica que he presentado muestra a detalle, las acciones en las que debo concentrarme durante mi segundo mandato.

Sin duda, las tareas a las que nos enfrentamos son colosales. Pero confío en que podremos estar a la altura de estos retos por tres razones.

En primer lugar, por el enorme compromiso, del cual he sido testigo una y otra vez, por parte de los colegas de las Naciones Unidas que trabajan incansablemente en todo el mundo, garantizando la continuidad de sus actividades sin fallar, durante las difíciles circunstancias de la pandemia. Sé que esto no ha sido fácil para la mayoría de nuestros colegas.

Permítanme empezar rindiendo un sincero homenaje a nuestros colegas y al duro trabajo que hacen a menudo en situaciones peligrosas o estresantes y, frecuentemente, alejados de sus familias y seres queridos.

Su sacrificio por la causa común es admirable. Permítanme también, y de manera particular, recordar y honrar al personal de las Naciones Unidas, mujeres y hombres, que perdieron la vida en el cumplimiento del deber. 

Mis colegas son, en efecto, el más grande activo que tenemos, y debemos apreciarlos y reconocerlos con profunda gratitud y estima. Estamos juntos en esto, unidos en propósito y solidaridad. 

En segundo lugar, a pesar de todas nuestras diferencias y divisiones, hemos demostrado que podemos trabajar unidos para acordar objetivos compartidos y resolver problemas comunes. Hemos conseguido embarcarnos juntos en un importante proceso de reforma en las áreas de desarrollo, gestión así como paz y seguridad de la ONU. Los esfuerzos de reforma nos han equipado mejor para afrontar la crisis actual.

Pero también está claro que la mejora continua debe ser la norma.

Necesitamos consolidar las reformas actuales, construir sobre los resultados que obtengamos de ellas, y seguir desarrollando nuevos métodos de trabajo para poder cumplirle al mundo. He hablado de unas Naciones Unidas 2.0, y tengo claro que debemos acelerar esta transformación mediante un quinteto de cambios a efectuarse en los próximos años: mejores datos, análisis y comunicaciones; innovación y transformación digital; previsión estratégica; mayor orientación al rendimiento y a los resultados; y una cultura de trabajo que reduzca la burocracia innecesaria, simplifique y fomente  el trabajo colaborativo. 

Del mismo modo, debemos esforzarnos por conseguir una ONU mucho más alineada e integrada que trabaje sin fisuras en los distintos pilares de la Organización.

Una ONU que sea transparente y responsable.

Unas Naciones Unidas que pongan a disposición del público, de una manera más eficaz, su notable conjunto de datos, su capacidad analítica, sus desarrollos en política pública y normativa, así como su compromiso operativo, en un espíritu de creatividad y apertura. Cuento con su pleno apoyo para esta muy necesaria próxima iteración de la ONU.

En tercer lugar, en la Declaración de las Naciones Unidas UN75 ustedes me dieron el mandato de informarles sobre cómo hacer avanzar nuestra Agenda Común para responder mejor a los retos actuales y futuros.

Lo hicieron conscientes de que algo fundamental tiene que cambiar. Y, de hecho, siento que hay un impulso para que se produzcan algunas de las transformaciones más profundas. Aprovechémoslo juntos.

En un mundo que ha cambiado tanto, la promesa, los principios y los valores de la Carta de la ONU perduran, pero también tenemos que trabajar juntos de formas totalmente nuevas para mantener vivas sus promesas.

La ONU es una organización intergubernamental y aprovecha el poder colectivo único de los Estados en un mundo en el que éstos siguen siendo los actores que rinden cuentas públicamente y tienen la responsabilidad de dar forma a nuestras opciones de política pública.

Pero en un mundo en el que las palancas del cambio están en muchas manos, la ONU, y los Estados y las personas a las que sirve, sólo pueden beneficiarse al incluir la participación de los otros. 

La sociedad civil, las ciudades, el sector privado y los jóvenes, por nombrar algunos, son voces críticas que deben ser escuchadas en un contexto de verdadera igualdad de género.

Tienen capacidades y conocimientos esenciales que debemos aprovechar si queremos forjar un camino hacia un futuro más pacífico y próspero.

En el fondo, se trata de actores, en creciente número y diversidad, trabajando juntos para proporcionar bienes públicos mundiales, con la ONU en el centro desempeñando un papel catalizador y de convocatoria para iniciar más innovación, más inclusión, más cooperación y más previsión.

Se trata de un proceso orgánico e incremental, que brinda un nuevo propósito y renueva las viejas estructuras e instituciones al tiempo que se abre a adoptar nuevas formas de colaboración.

En última instancia, esta transformación tiene que ver con solidaridad e igualdad.

La renovación de la solidaridad. A nivel nacional, a través de un contrato social reinventado. A nivel global a través de un multilateralismo más inclusivo, interconectado y efectivo. Y ambos se extienden para dar cabida a las generaciones futuras. Mi Llamada a la Acción para los Derechos Humanos seguirá siendo una guía importante en este ámbito.

Y la igualdad consiste en llegar a comprender mejor y gestionar mejor los bienes públicos globales: el creciente conjunto de preocupaciones compartidas del que depende nuestro bienestar como raza humana y que debemos presentar de un modo colectivo con mejores disposiciones de gobernanza. Espero que el informe de la Agenda Común contribuya positivamente en este aspecto.

Pero la equidad debe comenzar ahora: es necesario que haya vacunas disponibles para todas las personas en todos los lugares, debemos crear las condiciones para una recuperación sostenible e inclusiva tanto en el mundo desarrollado como en el mundo en desarrollo.  Aún queda mucho camino por recorrer.

Sin embargo, todo esto sólo será posible si conseguimos superar el actual déficit de confianza que tiene un efecto corrosivo en las sociedades y entre los países.

En particular, tenemos que hacer todo lo que esté en nuestras manos para superar las actuales divisiones geoestratégicas y las relaciones de poder disfuncionales.

Hay demasiadas asimetrías y paradojas. Hay que abordarlas de frente.

También debemos ser conscientes de cómo juega el poder en el mundo actual en lo referente a la distribución de recursos y tecnología.

Sófocles dijo que la confianza muere pero la desconfianza florece. Tenemos el poder de transformar esa idea, resucitando la confianza y combatiendo la desconfianza. 

Lo que estamos viviendo hoy en términos de desconfianza es, espero, una aberración, pero no puede convertirse en la norma.

La norma es, y seguirá siendo, los fundamentos sobre los que se construyó la Carta de la ONU, la creencia última en el multilateralismo y las aspiraciones de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Las reglas que preservan la dignidad humana deben prevalecer, para nuestra supervivencia y desarrollo.

No tratan solamente de palabras, sino de la vida humana. Basadas en el derecho y arraigadas en el respeto a la humanidad, constituyen una vanguardia contra el caos y la anarquía, y un control de las dinámicas malsanas del poder.

Me esforzaré al máximo para garantizar el florecimiento de la confianza entre las naciones, grandes y pequeñas, para tender puentes y para comprometerme sin descanso en el fomento de la confianza.

También trataré de inspirar la esperanza de que podemos cambiar las cosas, de que lo imposible puede ser posible.

La actitud es de no rendirse nunca. Esto no es idealista ni utópico, sino que se basa en el conocimiento de la historia cuando se produjeron grandes transformaciones y se guía por la creencia fundamental en la bondad inherente de las personas.

Que los avances son posibles cuando menos lo esperamos y contra todo pronóstico. Ese es mi compromiso inquebrantable.

En lo que respecta a mi propio papel, a lo largo de toda mi vida siempre he visto los cargos públicos, ante todo, como un servicio, y lo digo en su forma original de servir a las personas y al planeta.

Permítanme repetir lo que he dicho en ocasiones anteriores.

Debo estar al servicio de todos los Estados miembros por igual y sin otra agenda que la anclada en la Carta de las Naciones Unidas.

Sólo podremos hacer frente con éxito a los complejos retos actuales con un enfoque humilde, en el que el Secretario General no tenga por sí solo todas las respuestas, ni trate de imponer sus puntos de vista; un enfoque en el que el Secretario General apoye a los Estados Miembros y a las partes interesadas pertinentes para que lideren los cambios necesarios y ponga sus buenos oficios a su disposición, comprometiéndose incansablemente, haciendo pleno uso de la función de convocatoria única de las Naciones Unidas, y trabajando como mediador, como puente y constructor de confianza y como intermediario honesto para ayudar a encontrar soluciones que beneficien a todos los implicados.

El Secretario General debe sentir cada día las agudas responsabilidades del cargo, guiándose por la Carta y haciendo de la dignidad humana y la paz con la naturaleza, incluso para las generaciones futuras, el núcleo de nuestro trabajo y empeño común.

Es mi intención servir con humildad, y como dije en mi Declaración de Visión, con el espíritu de construir confianza e inspirar esperanza. Esta es nuestra misión común. Con este espíritu, espero seguir colaborando estrechamente con todos ustedes en los próximos años.

La preservación de la dignidad humana nos pide que nos basemos en nuestra diversidad y riqueza para imaginar libertades más amplias que sólo pueden asegurarse mediante la acción común.

Les doy las gracias.