Artículo de Opinión

Un modelo mundial para combatir la violencia contra las mujeres

28 de junio de 2021

Foto: ONU

Por: António Guterres, Secretario General de las Naciones Unidas

Al mismo tiempo que el mundo lidia de manera desigual con los efectos de la COVID-19, hay otra pandemia igualmente horrorosa que viene poniendo en peligro a la mitad de la población mundial. En los primeros meses de la pandemia, las Naciones Unidas estimaron que, a causa de las cuarentenas y los confinamientos, podría haber nada menos que 15 millones de casos más de violencia de género cada tres meses. Lamentablemente, parece que esa estimación se está cumpliendo.

           Esta semana, el Foro Generación Igualdad reunirá en París y en línea a líderes del mundo y otras personalidades en un esfuerzo gigantesco por la igualdad de género. En ese encuentro les pediré a Estados, empresas y particulares que se unan a una iniciativa mundial, de resultados probados, por acabar con el miedo y la inseguridad que ponen en peligro la salud, los derechos, la dignidad y la vida de tantas mujeres y niñas.

           Al amparo de la pandemia ha proliferado la misoginia violenta, desde la violencia doméstica hasta la explotación sexual, la trata, el matrimonio infantil, la mutilación genital femenina y el acoso en línea.

           Llevará tiempo recopilar y evaluar todos los datos, pero las tendencias son claras. En doce países de los que las Naciones Unidas hicieron un seguimiento, el número de casos de violencia contra mujeres y niñas denunciados ante diversas instituciones aumentó el 83 % de 2019 a 2020, y el de casos denunciados ante la policía se incrementó el 64 %.

           En los primeros meses de la pandemia, en toda la Unión Europea, las llamadas a los teléfonos de asistencia aumentaron en promedio el 60 %. En el Perú, las llamadas al teléfono de emergencia para casos de violencia sexual casi se duplicaron de 2019 a 2020. En Tailandia, el número de visitas a las unidades hospitalarias de crisis por violencia doméstica en abril de 2020 fue más del doble que en el mismo período del año anterior.

           En todo el mundo se constatan estadísticas e historias como esas, que agravan esta epidemia de violencia contra las mujeres y las niñas. Antes de la pandemia, la Organización Mundial de la Salud estimaba que una de cada tres mujeres experimentaría violencia masculina en algún momento de su vida.

           Hace poco más de un año, di la voz de alarma. Junto con el llamamiento que hice a un alto el fuego mundial, pedí que hubiera paz en los hogares —que se pusiera fin a todas las formas de violencia en todas partes, desde las zonas de guerra hasta los hogares— para que pudiéramos hacer frente a la pandemia, ese enemigo común de la humanidad, con solidaridad y unidad.

           Más de 140 países expresaron su apoyo. En 149 países se han tomado unas 800 medidas, la mayoría de las cuales se centra en dar refugio, asistencia legal y otros servicios y formas de apoyo.

           Así y todo, en muchos casos estas medidas han sido limitadas y de corta duración. Lo que es peor, otros países están retrocediendo, retirando las protecciones jurídicas y permaneciendo impasibles ante el uso de la violencia específicamente contra las mujeres, incluidas las defensoras de los derechos humanos que protestan por estos retrocesos.

           La violencia contra las mujeres y las niñas se ha generalizado tanto que ahora se acepta que, de alguna manera, es inevitable o imposible acabar con ella. Esta idea es tan injuriosa y contraproducente como completamente absurda. A pesar de las dificultades del año pasado, las Naciones Unidas, con considerable financiación de la Unión Europea y en colaboración con ella, han demostrado que se puede lograr un cambio.

           A lo largo de 2020, la Iniciativa Spotlight, que se propone eliminar la violencia contra las mujeres y las niñas, tuvo resultados notables en 25 países. Se adoptaron o reforzaron 84 leyes y políticas para proteger a las mujeres y las niñas. El enjuiciamiento de los agresores aumentó el 22 %. Unas 650.000 mujeres y niñas recibieron servicios a pesar de los confinamientos y las restricciones a la circulación. Se trabajó con casi 900.000 hombres y niños —entre ellos, líderes tradicionales, dirigentes de instituciones religiosas, taxistas y jugadores de videojuegos— para que fueran aliados en la búsqueda de soluciones. Y en todos esos países, las asignaciones presupuestarias nacionales para prevenir y remediar los casos de violencia contra las mujeres y las niñas aumentaron el 32 %, un claro indicio de sostenibilidad futura.

           Uniéndonos en París en respaldo de un modelo de eficacia probada, podemos empezar a asegurarnos de que la próxima generación de niñas no tenga que vivir con miedo porque no hicimos nada. Con el tiempo sacaremos muchas conclusiones sobre lo que hicimos bien y mal al manejar esta pandemia. Una de las primeras debe ser que decidimos poner fin ya mismo a esta vergonzosa pandemia oculta que afecta a la mitad de nuestra población.